El Promesante

junio 22, 2009 – 10:19 am -

Por: Américo Teminio Cantarero

Américo Treminio CantareroSaludaba copiosamente con el enorme fardo acurrucado sobre la espalda, arrastrando un mechero de cabullas que se libraban angustiadas de los nudos apretadísimos, tropezando como un borracho maldiciendo infatigablemente el camino agreste y el constante balanceo rozábanle despiadadas los costados, devorando complacidas su carne entumecida por el cansancio y a la vez mojándola de sudor, haciendo de aquella carga bendita la peor vejación, el mayor suplicio y el más horrendo y asiduo castigo.

Ramiro Fuentes logró a duras penas librar una mano de aquella pesadilla para limpiar el polvo y el sudor acumulado en los surcos de su piel envejecida, equilibrando sobre su hombro izquierdo la carga, soportando la puñalada del dolor retraído que aprovechó el movimiento inesperado para descargar toda su saña contra los músculos atolondrados por la postura, por el peso y por la indignación desmedida que le provocaba el no poder mandar a la mierda la bendita carga. A tientas encontró un quejido en un rincón de sus pulmones librándolo con satisfacción exagerada, mientras un resbalón inesperado de la carga le clavó con suma abnegación otra dolorosa, profunda y certera puñalada.

Las oraciones de los promesantes enmarañadas de sílabas indescifrables, golpes consecutivos de pecho, santiguaciones, lágrimas, llagas abundantes de dolor, sangre, sopor y calor; giraban sobre el pináculo de la fe de unos cuantos y se adormecían con ternura en el regazo de los mirones hijos del ocio que las acurrucaban con empeño, dándose palmaditas en las manos y una que otra rascadita, relamiéndose los labios mientras rezaban efusivamente ¡Padre Nuestro que estas en los…ya viene el milagro Señor, ya siento tu presencia, líbrame de los Castros de los Bendaña de los Aguilar y de sus cobros insistentes, procúrame a la hija menor de la Camlita que le este a bien mi presencia, que no me desaire la guanaca, que su tía Herminia quede contenta con la manzanita de tierra que le di en la finca de la moga pa que me haga costilla con la sobrinita…, que se resigne ya la Tomasa a la defunción de Ramón Castro porque está tan hermosa la condenada que siempre que la miro me deja temblorado…santificado sea tu nombre Señor…uno que otro verbo malsano, reprimido, tomaba alas inesperadas y se escapaba zizagueando entre los rosarios y escapularios como vampiros capeando escobazos en un pequeño recinto.

Desde la loma del jicaral ya podían mirarse como puntitos los techos marrones de Sta Clara, el sol arrancaba a veces chispas de lata de una que otra lámina aventurada entre las tejas, la cruz de la Iglesia de Sta Fe miraba arrogante desde la cúpula los techitos vecinos, mientras los promesantes habían recorrido la mitad del camino.
El sudor llovía a cántaros en aquel desfile, refrescando las piedras sedientas del camino que devoraban los callos maltratados de los caminantes, las rodillas sanguinolentas amasaban el polvo con los ojos vendados buscaban a tientas un asidero, una fuente de luz para saciar su temor de penumbras.

Ramiro Fuentes ya no encontraba dolor para seguirse quejando. Los tumbos del camino, las piedras, el calor, el roce y el peso del condenado quintal de lágrimas de San Pedro ya le habían hecho mella en todo el lomo, en la conciencia, en la paciencia y en la fe que a cada paso se iba descascarando como cebolla en una ensalada de cavilaciones.

¿Valdrá la pena?
¡Por qué a mí!
¡Condenado Hermegildo!
¡Por la verdad murió Cristo!
¿Cuánto habrá pesado el madero?
¡Lázaro levantate y ven!
¡Yo soy el salvador del mundo!
¿Cuánto habrá pesado el madero?

Su hermano Hermegildo le había dejado por toda herencia una carta amarillenta testando solamente impertinencias, ¡viejo tacaño!. Había derrochado su fortuna entre cantinas, planchándose las arrugas con muchachitas de quince pa abajo. El de no ser por la insistencia de su mujer ni siquiera hubiera perdido el tiempo en leer aquella misiva condenada, que escrita por un notario textualmente decía:

Querido hermano: me está a bien saludarte desde esta profunda agonía, no puedo dejarte nada porque ya hasta la casa y la caja me la cubre la hipoteca; a mi lado no hay gente, solo tres buitres cobradores que quieren chupar mis tripas y picotear mis huesos. Me muero contento porque la muerte es tan bondadosa que no deja vivir eternamente a nadie. Te dejo la carga ¡corrección!, la promesa que no pude cumplir cuando murió nuestro pa, era desmedido el peso ¡corrección!, desmedido el deseo de cargarla pero la vida siempre me puso tropiezos, la promesa consiste en un quintal de lágrimas de San Pedro que deberás recoger en el llano de los leñadores, grano por grano, echándolas en un saco de bramante con un buen número de amarres por los costados y después, el día de las celebraciones locales, llevarlas con el resto de los promesantes hasta Sta Clara, enfatizó sin poner por ningún motivo la carga, ¡corrección!, la promesa, adiós. Tu hermano Hermegildo Fuentes.

Una muchedumbre esperaban jubilosos en la entrada del pueblo, el sol estaba declinando, la sombra protectora de los primeros aleros diseñaba espectros en los rostros sudados, empolvados e impacientes de los promesantes que querían devorar apresurados el corto trecho que faltaba por recorrer, todo deseo ávido, todo suspiro, todo anhelo se enaltecía en una confusión de caras amalgamadas con todo tipo de expresiones: faltaba espacio para el cansancio, para el dolor, para la satisfacción de ver la promesa cumplida. Ramiro Fuentes por fin reparó en aquel personaje; lo había visto instintivamente durante todo el trayecto, tenía el pelo lacio, los ojos saltones como de sapo, pico de chinche y perfil de cuchara sopera, caminando como dando saltitos, conjugando perfectamente su fisonomía con su andar desgrabado y herrabundo, con la espalda semijorobada como si de tanto verlo a él contornearse con su carga, al imbécil se lo hubiese transmitido el peso, parecía imperceptible a la multitud, huido de alguna pesadilla como sombra traspasando todos los rostros simultáneamente, tomando de cada cara un pedacito, de cada diente un tuquito, de cada oración una silaba y su risa, su maldita risa burlesca, bailaba en la confusión de su rostro al son de un rito satánico. Por fin, con el alivio de un millón de suspiros. Con la vanidad de sus añejas atribuciones, con el poder inexorable del alma y con una duda profunda como un abismo que le separaba el pecho de la espalda, puso a las puertas de la iglesia de Sta Clara la bendita carga. Se disponía a marchar cuando el imbécil sonriendo maliciosamente pulsó el peso de su carga, y le hizo una pregunta inesperada ¿Señor y su costal de lágrimas?.

Lo miro serenamente, con una mirada sobria, limpia, fértil y sacó de lo más profundo de su corazón aquellas 7 palabras ¡esas debió haberlas llorado tu madre, condenado!. Y se fue mirando al cielo por la calle alborotada, con una duda incesante que le machacaba el cerebro, el corazón y el alma. Señor ¿Cuánto habrá pesado el madero?, ¡Lázaro, levántate y anda…!!!


Archivado en Culturales | Un Comentario »


Una Respuesta to “El Promesante”

  1. Por edgar el nov 17, 2009 | Responder

    CARAMBA GARATA NOTICIA VER AL FIN PUBLICANDO A ESTE ESCRITOR, A QUIEN YA CONOCEMOS Y VEREMOS COMO LO PUBLICAMOS POR ESTOS RUMBOS. FELICIDADES

Escribe tu Comentario

Todos los comentarios son moderados. Opiniones con ofensas o fuera de lugar sern borrados inmediatamente. No pierda su tiempo.


El contenido de La Verdad no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorizacin previa y por escrito de La Verdad.