La visita del Inversionista

marzo 14, 2009 – 1:17 pm -

6.- Elvis Hernández Lazo Por: Elvis Hernández Lazo
Granada, Septiembre 2005

Ese día el viejo Faustino se levantó más temprano que de costumbre, se apresuró al fogonero para avivar el fuego moribundo con brazas de la noche anterior. El aire fresco de diciembre pronto lo reanimaría para esperar el día mas preciado de estos tiempos, despertó a todos los de casa o más bien los de la isleta. A su vieja mujer, sus cuatro hijos, al gallinero, y a los tres perros flacos, todos ciudadanos de aquella minúscula porción de tierra anclada con vista al mundo desde tiempos memorables en el lago de Nicaragua.

Las noticias no podían fallar, era cierto, el Hombre vendría a revisar sus isletas, acompañado de un gran inversionista gringo y, como todos sabemos decía Faustino “esa gente es de plata y sin rodeo”. El general Somoza tenía tiempo que no le metía más que cuidadores a estas posesiones. Pero con ese extranjero que decían es millonario sus vidas sin duda cambiarían para siempre.

Una semana antes una comitiva encabezada por el propio comandante militar de la plaza de Granada y el jefe político, habían llegado con la alerta, poniendo a todos en gran tensión ya que tendría que haber limpieza, seguridad y ánimo. Reunió a los pobladores de más de cien isletas, desde el embarcadero del ranchon, los del sector del Fuerte San Pablo, Playa Grande, Rompe Vientos, El Diamante y Asese. En la reunión el militar les explicó con brevedad la visita del General Somoza con un norteamericano aviador y millonario. La idea del inversionista era unir todas las pequeñas islitas con puentecitos de arcos para convertir el archipiélago en un gran parque nacional, que luego sería patrimonio de la humanidad. Todo esto traducido al cristiano, quería decir que tendrían que vender sus propiedades, llenándose todos de una gran incertidumbre.

El segundo en intervenir en la reunión fue el jefe político, que portaba un pistolón ridículo sin talis ahogado en los pellejos de su cintura. Este no habló del proyecto, si no que se limitó al ambiente y porte que todos debían tener en el momento de la llegada del hombre. Les entregó a todos un botón de lata del tamaño de una galleta de avena con el rostro de Somoza con una sonrisa forzada y unos afiches gigantes con el mismo rostro que rezaban “General Somoza garantía del progreso.”

Se les repartió sombreros de palmas, camisetas blancas, mecates para amarrar a los perros, zapatos Rolters negros, un paquete de cigarros marca Récord y un vasito de fungicida Zanate para los piojos. Todos deberían estar listos para la visita que sería el jueves veintiuno de diciembre de mil novecientos setenta y dos a las diez de la mañana.

Un día antes de la visita a las Isletas, el Inversionista realizó un vuelo de exploración sobre el Gran Lago en un avión Douglas C-47 bimotor facilitado por la Fuerza Aérea de Nicaragua (FAN). Le parecía increíble lo que miraba al sobrevolar la ciudad de Granada y sus contornos. Un macizo volcán custodiando un paraíso de aguas plateadas, plagado de pequeñas manchas verdes, era verdad lo que el General le había comentado “primero vea y después hablamos.” Cómo era posible que le hubiera dado la vuelta al mundo en noventa y un horas y cuatro minutos rompiendo un récord mundial y no hubiera conocido antes este rincón de la tierra. Aquel paraíso lo metió en una meditación de su pasado, porque en su vida lo que se había planteado lo conseguía con obsesión. Pero para estos momentos la vida que le quedaba no ameritaba perder tiempo.

El viajaba como copiloto, pero ordenaba al piloto las maniobras que debían seguirse. En la segunda vuelta se dirigieron mas al sur casi hasta la isla de Zapatera y de regreso hicieron un vuelo rasante a tan baja altura que las aguas del Gran Lago se encrespaban al paso del avión. Los habitantes de las Isletas se emocionaron ante el gran ruido del aparato volador, ya que sabían que se trataba del gringo del proyecto de los puentecitos que les comprarían sus isletas.

Don Faustino Cruz se convenció de lo que días antes les habían dicho, compartió su alegría con el alboroto de los perros, y el cacaraqueo cansado de las gallinas, el C-47 bimotor voló más de una hora sobre el archipiélago y mientras el inversionista se extasiaba ante aquel regalo que Dios le daba a su vista, don Faustino meditaba sobre el futuro que su familia debía de tener. Ya no más botes, ni remos, tendría una casa en un barrio decente de Granada, y los fines de semana vendrían de pesca deportiva como lo hacen los ricos de la ciudad, en su propio bote con motor fuera de borda. Su mujer ya no lavaría la ropa con el agua a la cintura, estrangulando la ropa contra las piedras, tendría un lavandero con su propio grifo y se bañarían con regadera. Por su mente pasaron marcas de carros, renombradas escuelas para sus hijos y distribuidoras de electrodomésticos. Pero lo que mas le inquietaba era el valor que su propiedad tendría, ya que les dijeron, que el extranjero pagaría uno sobre otro con los billetes que se cuentan con las tablas de multiplicar.

Esa tarde después que desapareció el “chunche volador” los botecitos de los pobladores se pusieron en función, se visitaban unos a otros. Todos querían saber o comentar como sería la cosa de dejar sus islitas. Unos decían que era un engaño, otros comentaban que nadie tenía papeles para vender, los somocistas clamaban que Somoza era una bendición para el país, y los más rebeldes aseguraban que todos saldrían amarrados porque les robarían sus propiedades. Uno más letrado propuso una comisión aclaratoria del proyecto, pero fue reprochado por otros que no querían despertar desconfianza en el inversionista.

Cansados de comentar les llegó la noche y don Faustino les pidió a todos se fueran a descansar y se encomendaran a Dios, ya que faltaban pocas horas para el día de la llegada de los que decidirían sus vidas después de aquel momento.

El inversionista llegó muy cansado al aeropuerto de Las Mercedes en Managua, fue recibido en la pista por el propio hijo de Somoza, al que después apodaron El ChigÌin. Lo escoltó con una pequeña caravana militar para su seguridad hasta el hotel Intercontinental Managua, situado a unos cuantos metros del cuartel general de la Guardia Nacional y de la casa presidencial llamada La Curva

Una vez en el hotel fue conducido a su habitación por tres jovencitas de aspecto agradable a la suite presidencial ubicada en el último piso del edificio piramidal. Pidió que lo dejaran solo y que nadie lo molestara para nada, ya que necesitaba meditar como sería la inversión que estaba a punto de llevar adelante. Camino hacia el ventanal de vidrio de la suite y observó la ciudad de Managua que irradiaba con un horizonte alegre, no comprendía por qué la gente era tan pobre y gozaba la vida con tan poco. Las luces de neón sobresalían en las calles y avenidas que nítidamente se aperciban desde aquella posición, parecía que los nicaragÌenses celebraban la navidad todo el año y por ello decidió quedarse todo el fin de semana para gozar esa experiencia que su sexto sentido le pedía. Se estiró en un largo bostezo reafirmando la fecha en su reloj, miércoles veinte de diciembre de mil novecientos setenta y dos.

Poco después sonó una campanada en el horizonte de su vecindario, era el silencio que imponía el rondín en el cuartel de la Guardia Nacional, él lo tomó como un soldado más y se decidió a dormir.

A cincuenta y cinco kilómetros al sur-este de la cama del inversionista, Don Faustino contemplaba la luna reflejada en el agua, ondeando como bandera con el oleaje de diciembre, de pronto se lleno de terror al pensar que no volvería a escuchar el sonido de las olas rompiendo en las rocas de su isleta, el croar en coros interminables de las ranas, el perfume agrio del chicuije de los desperdicios de los pescados y el ritmo acompasado de los cocoteros danzando con la música del viento.

La madrugada llegó con un viento helado que no daban ganas de levantarse, pero Faustino saltó como cadete casi gritando “arriba todo el mundo, que llego el día”.

En Managua en el Hotel Intercontinental el inversionista se prepara para su viaje a las Isletas del Gran lago de Nicaragua, recibió su primera llamada telefónica de parte del general Somoza Debayle para puntualizar la partida, el protocolo y la seguridad. Se pusieron en alerta a los cuarteles militares de Managua, Masaya y Granada, a los jefes políticos del Partido Liberal Nacionalista y a los Jueces de Mesta de las comarcas de las isletas.

La caravana partió a las nueve de la mañana del día jueves veintiuno de diciembre, Somoza y el inversionista compartieron el mismo automóvil un Mercedes Benz color negro del año, seguido de otro igual para confundir a los curiosos o evitar un atentado. Siete jeeps militares avanzaron en vanguardia mientras cuatro más lo hacían por la retaguardia Un helicóptero de combate Sikorsky fue estacionado en el mirador de Catarina para vigilar la psicosis del temor.

El día estaba soleado y caliente como lo quería el general; meditó que todo estaba saliendo mejor de lo que él pedía, estaba seguro que el inversionista ejecutaría el proyecto de igual manera como construyó su propio avión cuando le dio la vuelta al mundo.

El recorrido hasta la ciudad de Granada trascurrió sin novedad, el general no quería que su socio se distrajera con nada, toda la plática giró sobre el lago, de sus ocho mil doscientos km cuadrados, de los tiburones propios de ese lugar los que llamó por su nombre científico Carcharninus Leuscas, le platicó de un barco varado en la costa que se llamaba “Victoria”, el que podrían hacerlo bar o puerto de marina y un sin número de proyectos que el inversionista llegó a creer que le estaba tomando el pelo, ya que le planteó de un canal interoceánico cuando los Estados Unidos entregaran el Canal de Panamá.

A las diez y quince minutos de la mañana la caravana entró a la ciudad de Granada por la calle Inmacula, lugar donde se encontraba la industria de la ciudad y fue cuando el general con orgullo le señalaba las fábricas de jabón, curtiembres de cuero y papel de baño las que emanaban un pesado olor a lejía que incomodaba la razón. El extranjero lanzó una sola pregunta al General ¿para dónde van todas esas corrientes amarillas y oscuras? Somoza no dio paso atrás y con naturaleza le contestó “al lago le aseguro que no van.” Continuaron luego sobre la calle Atravesada la que le llamó mucho la atención al inversionista por las diversas arquitecturas, con palacetes victorianos, chalet modernos norteamericano, balcones franceses del siglo dieciocho, casonas españolas con tejados y aleros coloniales, pero lo que más le sorprendió fueron los coches tirados por dos caballos defecando en plena villa pública, ya que el tenía un trauma de higiene obsesiva lo que provocó llevarse la mano a la boca en señal de asco.

Llegaron por fin al embarcadero de la Cabaña Amarilla. El señor Diego Cruz primo de don Faustino ya tenía organizada la caravana acuática que recorrería las isletas con el objetivo único de que el extranjero quedara enamorado como lo estaba ya cuando las miró desde el avión. Ellos abordaron el mejor yate de la fila protocolaria, una embarcación con motores fuera de borda con cañas de pescar en los contornos de proa y popa como si fuesen a un concurso de pesca.

Dos Chicas alistadas para el servicio de abordo sirvieron finos licores ingleses y en el momento de zarpar una bandada de garzas blancas alzo vuelo como inaugurando la partida. El inversionista señalaba sin hablar, el verdor de la vegetación que se reflejaba como un cuadro al óleo pintado en el agua, cuando salieron del primer canal dio giros de desconcierto porque no sabía que mirar primero, el volcán Mombacho se lució esa mañana con un esplendor cómplice de belleza en el teatro de lo grandioso. La ciudad de Granada se apreciaba con la dicha de la cercanía y la cordillera chontaleña indicaba que había mucho más que ver en el paraíso de Mahoma. Pudo medir la distancia entre isleta e isleta a simple vista, cuantificó la vegetación por la alegría del viento al chocar con los árboles, las frutas colgaban a ras del agua como ofrecida a las manos y para agradar más un gigante sábalo real saltó frente a ellos como si era el número a seguir de aquel espectáculo.

La caravana siguió a través de canales que se forman entre una isleta y otra, de los ranchitos salían niños panzones sin camisas saludando al paso de la comitiva. El general Somoza nunca se había sentido tan seguro como en aquel momento y hasta se sintió como un extranjero en su propio país.

Llegaron a la primera isleta donde según el protocolo previsto estaba listo un modelo de mini hotel de los que se construirían en el proyecto, uniendo con puentes de arcos una islita con otra, aparentando un paisaje veneciano en un bosque tropical, agregándoles botes de pedal , botes del tipo kayac, lanchitas equipadas con bares, canastos flotantes llenos de frutas tropicales, y jovencitas morenas en trajes exóticos de dos piezas sirviendo todos los manjares que el pensamiento humano pidiera sin discreción.

El general explicó con detalles paso a paso el proyecto, seguido a poca distancia de los expertos en turismo, un poco a su derecha cuatro jóvenes escoltas movían la cabeza para todos lados y mas retirados pero asustados la comitiva comunitaria encabezada por don Faustino Cruz palpitándole el corazón en la boca ya que no se hablaban de ellos ni de cómo les pagarían las propiedades.

-Cuantas islitas haber.- dijo el inversionista en su mal español

- no se preocupe Mister una para cada día del año, son 365 y una que sale cada cuatro años a flote cuando es bisiesto. El buen humor del general fue acompañado de risas desplayadas de la comitiva y un sonrojo despistado del inversionista que no entendió nada. El general comprendió la apariencia de incertidumbre de los pobladores y los calmó diciendo que todo era un “para mientras” porque pronto si este gringo suelta, todos salimos ganando sin medir generaciones.

Después de tres horas de paraíso tropical la comitiva regresó por el embarcadero de Asese y enrumbaron de nuevo a Granada, ya en la salida a la capital Managua, Somoza en tono triunfal declaró misión cumplida.

Llegaron a Managua un poco pasada las cinco de la tarde y como de costumbre el inversionista pasó a descansar, repitió la rutina del día anterior, pasó al ventanal a observar la ciudad ahora más alborotada y encendida, confirmó la fecha jueves veintiuno de diciembre de mil novecientos setenta y dos. Esperó el toque del rondín del cuartel vecino y se durmió en un sueño de protesta porque creyó que lo que había vivido hoy era un regalo de despedida del mundo.

Viernes veintidós de diciembre, siete de la mañana, por un momento sintió la premonición de usar su paracaídas legendario que lo había acompañado en su viaje de la vuelta al mundo porque que sentía que algo se derrumbaba en ese sitio. Lo invadió el deseo de regresar a su país de inmediato, pero se contuvo cuando recordó los compromisos protocolarios que tenía que cumplir para este fin de semana. Repasó su agenda en un librito parecido a una Biblia en miniatura, donde en un orden cronológico se organizaban los encuentros con empresarios del azúcar, altos militares de la Guardia Nacional, dos delegaciones diplomáticas incluyendo la de su país, otros miembros de la familia Somoza, y hasta tenía anotado a un artista del cine nacional que expresaba que él había participado en el rodaje de una película cuyo escenario fueron las isletas del gran lago. “Rapto al Sol” leyó en su agenda.

A los once de la mañana partió con una comitiva militar al mirador de Catarina vía aérea en un helicóptero de la Fuerza Aérea de Nicaragua. Lo impresionó la vista infinita de lagos y volcanes, proponiéndose construir un hotel de gran renombre y hasta lo hicieron poner sus manos en una plancha de cemento fresco como si estuviera en el paseo de las estrellas de Hollywood. A partir de ese viernes del mundo el clima cambió como de repente, a las dos de la tarde fue invitado a un juego de golf con unos empresarios centroamericanos ofreciéndolo proyectos de jugosos resultados lo que no motivaba al inversionista, todo lo hacía por puro protocolo ya que la visita a al lago lo dejó con su mundo confundido. Mientras tanto en las isletas Don Faustino y sus vecinos aseguraban que Dios los protegería con un milagro para que ese proyecto no se realizara.

El viernes veintidós fue un día de mucho alboroto, a las cuatro de la tarde recorrió en automóvil el centro de la ciudad, por donde pasaba la gente estaba en un corre corre de mucha alegría. Los motivos navideños le llamaron la atención, para recordar que faltaban dos días para navidad y tres para partir a casa, no sintió ninguna nostalgia por no estar con los suyos. Los ciudadanos de Managua vivían un desenfreno y derroche, por donde miraba todos iban con bolsas de compras llenas de regalos, regreso al Hotel Intercontinental a descansar un rato y prepararse para la fiesta que en su honor habría en la piscina con todo el glamour que su figura motivaba.

A la hora indicada de su bajada al lobby una pasarela de personalidades le saludaba con una inclinación cumpliendo el protocolo francés. Primero el general con los miembros más destacados de su familia, luego el triunvirato de gobierno del Kupia Kumi[1] con su gabinete en pleno, seguido la alta oficialidad de la guardia nacional, después el cuerpo diplomático, y por último una mezcolanza de amigos de los amigos del General.

La fiesta tomó el rumbo no deseado para el inversionista, ya que tenía que dar la mano muchas veces y contestar preguntas de su pasado, los más imprudentes le preguntaban por Ava Gardner y sus otros amorillos de sobra comentados en las revistas desde hacia veinte años, de pronto la música se silenció y el ministro del Distrito Nacional anunció que para el día siguiente le sería entregada las llaves de la ciudad en un acto sin precedentes.

Diez de la noche, el inversionista camina al borde de la piscina acompañado de dos diplomáticos europeos, de pronto un cosquilleo en sus pies lo pone en guardia pensando que está mariado, pero su susto es acompañado de gritos de histeria que brotan de todas partes, “es un temblor de tierra muy frecuente en Managua” le explicaron al inversionista.

La vida lo había puesto en tantas situaciones que ya sabía cuando correr y cuando quedarse, por lo que su sexto sentido lo previno para cualquier cosa fatal. Se mantuvo alejado de paredes y ventanales ubicándose de pie en un extremo de la piscina en lo profundo del jardín. No le despegó la vista al general, ya que varios oficiales habían entrado en uniforme de fatiga a la fiesta y susurraba algo al oído a su jefe. La música de detuvo, el “hombre” explicó que el temblor fue en un barrio cercano ” la colonia Centro América” y que todo estaba bajo control, lo expresó en un tono como si se tratara de otra ciudad. El inversionista realiza un análisis del medio ambiente para sacar sus conclusiones como si estuviera frente al panel de mando de su avión preferido. No había viento, la temperatura cambió radicalmente a un bochorno sofocante. La luna iluminaba radiante y dominante, el cielo se tornó en rojo ocre como un ocaso triste del pacífico, pero lo sorprendió más que la fauna nocturna de los insectos que estaban en silencio absoluto.

Comenzó a realizar el ritual de las despedidas a sus comensales y pasó a retirarse a su habitación para tener algunas cosas a mano por si venía lo fatal. Eran ya las once y media de la noche, regresó al ventanal de vidrio a observar la ciudad bulliciosa que a pesar del temblor gozaba más su dolce vita.

En el norte de su brújula, decenas de cohetes de juegos artificiales explotaban al ritmo de un eco triste para él, pero muy alegre para los Managua, que esa noche celebraban el comienzo de las vacaciones de navidad y fin de año, pasada las doce de la noche, el cielo con la luna en su mayor nitidez vigilaban el sueño de los que ya dormían su dicha de vivir en esta linda ciudad. El general se retiró a su casa, pero antes dio una caminata por la casa presidencial en la loma de Tiscapa, desde donde se miraba la ciudad encendida de luz y alegría, respiró profundo de satisfacción por tener la dicha de dominar el país por completo y tener huéspedes de tan grata calidad. En las isletas del Gran Lago de Nicaragua, Faustino y su mujer son despertados por los perros que comienzan a aullar como si miran al diablo. El agua no se mueve para nada ni saltan sardinas, don Faustino se sienta en una piedra a pedirle a Dios que amanezca, porque presiente que el mundo puede ser otro cuando salga el sol.

Ya es sábado, doce y treinta minutos, el inversionista, está caminado dentro de la suite como practicando un conjuro, toma la decisión de bajar a la recepción acompañado de dos edecanes y un escolta, no habla con nadie, pero no causa impresión, porque su comportamiento es excéntrico y difícil. Cinco minutos después de bajar un cosquilleo de estómago le confirma lo fatal, un retumbo sale de los confines del infierno, todo se mece de aquí para allá y de allá para acá. Todos caen al piso porque es imposible permanecer de pie, gritos de terror explotan en toda dirección. El edificio cruje como que va a estallar, el eructo del diablo se prolonga por más de veinte segundos, el temblor de tierra se detiene pero continúa un rugir tenebroso de cientos de edificios y viviendas que comienzan a derrumbarse y tomar fuego, causando un eco de terror que cambió la historia del país por completo. La Luna está ahora en su centro como dando tregua a las lamentaciones, una polvareda espesa nubla lo que queda de la ciudad, dolor, gritos agónicos, oraciones de consuelo, letanías de esperanzas y maldiciones desesperadas. En los siguientes tres minutos un silencio perpetuo es aprovechado para volver en sí, los que están vivos saben que fue un terremoto, el millonario se pone de pie tanteándose las partes del cuerpo para ver si esta completo, el hotel está intacto no cayó, pero no hay fluido eléctrico, ni funcionan las luces de emergencia. A lo lejos se escuchan unas campanas de alguna iglesia que da esperanza que también hay otros vivos.

A cincuenta y cinco kilómetros de Tiscapa, Faustino, su familia, los perros y todos los isleteños están asustados por semejante movimiento de tierra, todos coinciden que fue terremoto en Managua, igual que el resto del país y todo Centroamérica, comienzan a movilizarse para el rescate.

El inversionista se desespera no resistirá ver un muerto ni aguantará hedores, pide a sus escoltas se comuniquen con su embajada o su país, pero sorprendentemente dos soldados norteamericanos se presentan al hotel y le dan custodia y ánimo, pues ya se comunicaron con Washington y en ocho horas vendrán por él vía aérea.

Ya con los primeros rayos del sol tomó valor y regresó al ventanal de vidrio a mirar lo que quedaba de la ciudad, le parecía un milagro que su hotel se mantuviera en pie ya que el horizonte alegre dejó de existir, sintió el olor del terror y del sufrimiento que en ráfagas de vientos tocaban el ventanal. Lloró a rienda suelta prometiéndose no plantearse un proyecto más en su vida.

Fue conducido en un helicóptero junto a otros diplomáticos al aeropuerto de Las Mercedes. En el trayecto del corto vuelo pudo apreciar la magnitud de la tragedia con la destrucción total de la ciudad que estaba derribada y humeante, se sintió traicionado por la naturaleza que no le dejó completar sus sueños en las isletas. Creyó que todo era un conjuro de Dios para que no tocara la naturaleza con sus millones como lo había hecho con vidas y pasiones en Hollywood. Un avión Hércules del tipo C-130 lo trasladó junto con una centena de personalidades a los Estados Unidos, murió cuatro años más tarde con la dicha de haberlo tenido todo cuando quiso y con la desgracia de no poder conseguir lo que quería en Nicaragua.

Don Faustino y su familia lloraron de tristeza por que creyeron que Dios les había cumplido con sus oraciones de una manera terrible. Pero ahora podrían morir tranquilos en el mismo lugar donde vivieron y murieron sus padres, sus abuelos y así lo seguirían haciendo sus hijos a la espera futura del terror que algún día tendrán que abandonar sus isletas por la ambición desmedida de los que creen que lo pueden todo. El país entero modificó la vida con su historia y desde aquella madrugada del veintitrés de diciembre de mil novecientos setenta y dos los nicaragÌenses decimos “antes del terremoto y después del terremoto”.

Somoza, se autonombro presidente del comité nacional de emergencia, controlando la ayuda internacional para fortalecer su poder. Gobernó siete años más al país, hasta la madrugada del diecisiete de julio de mil novecientos setenta y nueve, partiendo del mismo hotel intercontinental en un helicóptero que lo condujo al mismo aeropuerto de Las Mercedes, para partir a los Estados Unidos. Así los nicaragÌenses nos referimos a esa época como “en tiempo de Somoza”.


[1] Kupia Kumi. Nombre que se le conoce al pacto entre liberales y conservadores a comienzo de los años setenta, con el vocablo de origen miskito kupia kumi – juntemos corazones-.


Archivado en Culturales | 3 Comentarios »


3 Respuestas to “La visita del Inversionista”

  1. Por Cora Benard el mar 15, 2009 | Responder

    Muy bueno muy bueno todo lo que escribe el srElvis Hernandez. Lo felicito e insto a que siga con sus escritos.

  2. Por Julio mendez o el mar 16, 2009 | Responder

    Hola Sr, Elvis.

    Digame si esto fue verdad, yo no sabia que
    Howard Hughes el de la pelicula estubiera alguans vez en Nicaragua.

    Me gusto su cuento, cuantos mas habran pasado por estos rincones y no supimos.

    Julio.

  3. Por JOSE RAMON GARCIA R el mar 17, 2009 | Responder

    SR JULIO NO ES UN CUENTO LO QUE ESCRIVE ELVIS,SOBRE ESTE PERSONAJE ES CIERTO ,ESTE SR MILLONARIO ESTUBO EN,NIC ELVIS ESTARIA MUY ADOLESENTE ,PERO CONOCE LA HISTORIA DE COMPRA DE LAS ISLETAS, Y DE LA SOCIEDAD DE ESTE SENOR,CON SOMOZA,POR MI PARTE FELICITO A ELVIS POR ESTAS HISTORIAS QUE MUCHOS NICARAGUENSES NO CONOCIERON,UNOS POR SER JOVENES Y OTROS POR QUE NO SE INTERESARON POR LAS CULTURAS DE NUESTROS PUEBLOS,ADELANTE ELVIS CON TUS HISTORIAS…….

Escribe tu Comentario

Todos los comentarios son moderados. Opiniones con ofensas o fuera de lugar sern borrados inmediatamente. No pierda su tiempo.


El contenido de La Verdad no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorizacin previa y por escrito de La Verdad.